La memoria de lo cotidiano es la que permite al ser humano retener y recordar hechos con los cuales generar estructuras narrativas personales, las cuales se sustentan, en su reconstrucción, por una evocación entre la realidad y la incertidumbre. De esta manera es que nuestra existencia va constituyéndose del suceso de lo acontecido y de la nebulosidad de lo recordado.

Mi primer viaje en avión fue en el 2005, un vuelo de Tijuana a Monterrey. A partir de ese momento me di cuenta que no viviría donde nací y que tampoco dejaría de viajar. Actualmente mi familia y yo vivimos en ciudades diferentes y la comunicación con ellos sucede a través de las redes sociales. Esta forma de relacionarnos me motivó a llevar a cabo una investigación sobre la manera en que mis padres se comunicaban entre sí en momentos en que tuvieron que distanciarse antes de que yo naciera, lo cual me llevó a un tiempo específico de sus vidas a través de la compilación de una serie de cartas, datadas entre 1979 y 2001.

La mayoría de estas cartas pertenecen a un momento previo a que mis padres iniciaran una relación sentimental. Ambos son originarios de Ensenada, Baja California; se conocieron cuando tenían 8 y 9 años de edad pero fue hasta los 16 años cuando comenzaron a platicar. Un poco después, mi madre tuvo que trasladarse al estado de Jalisco a continuar con sus estudios en la Normal de Educadoras y es debido a este suceso que su comunicación comienza a ser a través del correo convencional, por medio de cartas. Aunque éstas expresan amor, la sensación que me produce el leerlas es de una ausencia y melancolía provocadas por la distancia, misma que trataban de sortear a partir de un intercambio de objetos que conservaban como recuerdo, según lo indican en su correspondencia.

Esta constitución de sus recuerdos es la base del proyecto fotográfico Mañana a Ver qué Pasa, el cual pretende suscitar la reconstrucción visual de los hechos a partir de la apropiación de frases relativas al tiempo y la distancia. Una serie de espacios manifiesta una ausencia, la cual se hace presente a través de los objetos retratados en ellos, a los que se les ha otorgado un valor sentimental. Estos funcionan como receptores de la memoria en relación a mi familia, desde la cotidianidad que poseen hasta la carga emocional que pudieran contener de manera específica, la cual se complementa y acentúa con las imágenes de las cartas encontradas, tomando en cuenta que éstas tardaban un promedio de hasta 30 días en llegar a las manos del destinatario, generando una ansiedad por la espera de su respuesta.

El proyecto en sí conforma una reflexión sobre la ausencia y la comunicación, una compilación de instantes que nos permite darnos cuenta que la memoria particular forma parte también de la memoria del mundo, y que la evocación de un recuerdo puede ser una clave específica para la detonación de la memoria de los demás.